Bilbao. País vasco. El apellido Iturriza. Etimología, esencias, escenas y narraciones. Fotos alegóricas a primera visita Bilbaína.

 

 

Bilbao a lo “Iturrizar” ...

 
Llegando a Bilbao, me siento como la gaita esa del maracucho que empieza a pasar el puente! Claro que no se me nubló nada, pero en serio que llegué a sentir –¡tal cual!– una “emoción tan fuerte…”
 
¡Cómo me gustaría contártelo todo, papi!
 
Desde que tengo uso de razón, te recuerdo haciendo referencias a los antepasados vascos: “… en Bilbao, Jazmín, ¡hay hasta una plaza con nuestro apellido!”
Orgullo de Iturriza… Que si Fuente Clara, que si Fuente Vieja… pero ¡de que es fuente, ¡es fuente!
 
¡Y llegué, papi!, llegué manejando yo misma! y es que –para comenzar–, ¡fuiste tú! quien me enseñó a manejar.
 

Lo primero que te voy a contar de Bilbao es que ¡no hay donde estacionar! Es uno de los principales problemas de la ciudad –quizás de todo el país­– y la abundante e intimidante policía uniformada es eficientísima (supongo que gracias a la ETA) y más aún en esa comprobadamente lucrativa ocupación de “pegar” multas.

Logro –de alguna manera– “empotrar” al mamotreto dentro de un tercer sótano en el mismísimo corazón citadino, proeza que pocos hubieran logrado – y yo: ¡jamás!, sin tus valiosas lecciones de manejo los domingos en El Paraíso.

Entrarle a Bilbo (su verdadero nombre vasco que, creo, que hasta se pronuncia con acento en la “o”), es como ver lo que hubiera podido ser Caracas. (¡Ah!, esa conjugación verbal futurible ¡tan dolorosa!).

Con la topografía montañosa y verde de sus alrededores. Bilbao es una ciudad próspera. ¡Limpísima! Si te digo, papi, que es muy vivible, me quedaría corta. No es demasiado “alegre” ni demasiado seria. Ni muy nueva ni muy vieja. ¡Es la “Ricitos de Oro” de las metrópolis! (¿o será metropólises? Lo siento, papi, no me sé el plural y supongo que eso te hará sonreír).
 
 
Bilbao es ciudad-estuario. Su arteria vital fluvial –que ha dado lugar a unos bulevares peatonales exquisitos–, es una auténtica “ría”. Caminar a lo largo de ella es un verdadero placer, gracias a la amplitud del ambiente y la hermosa arquitectura de las edificaciones de ambos lados. Hay varios puentes que la atraviesan, siendo –sin duda– el más impactante, el puente Zubizuri, popularmente referido como “La Peineta”. Es obra del famoso Santiago Calatrava y te impacta de día por su diseño vertiginoso e imposible; y de noche porque su piso de vidrio queda totalmente iluminado, brindándole a los románticos paseos nocturnos la inverosimilitud de una caminata lunar. Logro de la ingeniería que, sin duda, apreciaría mucho tío Fernando.

La mayor atracción turística es –sin duda­– la metálica y retro-futurista edificación del Museo Guggenheim que, destellando su platinada luz sobre río y ciudad, te atrae cual ninfa odisíaca de la concepción arquitectónica contemporánea.

Pero ¡qué ciudad tan limpia y cuidada, papi, ¡te encantaría!

¿La gente? Puesh hablan fuerte y ashertivo, en un eshpañol bien pronunthiado. Pero – eso sí–, solo cuando hablan con los demás ibero-parlantes (especímenes a quienes saben reconocer instantáneamente), porque el idioma vasco –por lo demás totalmente ininteligible e ilegible– es de celosa aplicación entre esos cerrados ciudadanos de Euskadi.
 
 
Ahora sí, ¡vámonos para “la plaza”! que –más que una mera plaza– es todo un parque que la contiene. Queda en pleno centro de la ciudad. Toda guía turística vasca hace mención honorífica expresa (siendo uno de los principales puntos de interés al visitante), al Parque de Doña Casilda Iturrizar, con su “r” antigua. También llamado el parque de los patos, supongo (y espero) que por el laguito que los alberga, y que –hay que confesarlo–: es realmente un poco triste.  Pero, aparte de ese pozo marrón eufemísticamente llamado “lago”, ¡sí, papi!, me siento orgullosa al leer esta información en el propio folleto de mi hotel. 
 
A todas éstas, me quedé sin saber con certeza si esta buena mujer –de nombre tan poco poético, aunque filántropa de invaluable aporte a la comunidad–, era por fin (o no) familia directa nuestra, ya que se sabe que la muy bendita no tuvo descendencia.

Preguntémosle a tío Carlos…