CAPITULO III - Mudanza No. 3

 
Martínez
Back to Buenos Aires....

En aras de poder llegar a la cuenta definitiva de las mudanzas (que es el propósito fundamental de este “Contar”), voy a tener que apurarme con mis cuentos; lo que implica –para el lector–que tendrá que dejarse “jalar” por el brazo – cual carricito cuya madre lo arrastra para cruzar la calle – y saltaremos de una etapa a la otra aunque no estemos del todo listos para ese cruce. Pero volveremos.... En la vida siempre uno como que siempre regresa al punto de partida. Esto no lo digo yo, sino T.S. Elliot:

“We shall never cease from exploration
And the end of all our exploring
Will be to arrive where we started
And know the place for the first time”
 
 
Volvamos al pasado que es el “presente” de esta historia....

Acabamos de despedirnos de García, no sin derramar un buen par de esas saladas gotas que brotan de sendos ojos sentimentales propiedad de la autora. Hemos desalojado el apartamento playero de los Jetsons con su estruendosa bomba de agua emitiendo sonidos de soprano enloquecida. Dejamos atrás cosas deliciosas como el “Chivito de Oro” – local restaurativo famoso por sus deliciosos sandwiches que (muy a pesar de su nombre) consisten en rebanadas de lomito (de cerdo y no de chivo) muy finas –. Le dijimos adiós las enormes botellas de cerveza Norteña; a las furibundas Walkirias del Oro del Rhin; a los ciclistas que, mientras van pedaleando por La Rambla lo hacen acrobáticamente, pues van con una mano en el manubrio, mientras con la otra sostienen la matera de la cual van bebiendo sorbitos mientras andan, eso ¡sin quemarse la axila!, que es donde portan diestramente el termo de agua que restablecerá la infusión imbuida. ¡Adiós vientos playeros! y adiós a los grises oscuros. ¡Con todo y lo que me gusta a mí el gris, según apreciarán de mis relatos de Tosko!
 
 
Venimos con sabiduría, pues – habiendo aprendido tanto de la anterior experiencia veraniega en Buenos Aires–, estábamos perfectamente conscientes de lo que no hay que hacer, (inmobiliariamente hablando) en la capital argentina. Es decir, en la medida de lo humanamente posible, nunca más volver a padecer las inclemencias de los veranos porteños encerrados en un apartamento citadino, por más “cheto” que éste fuera.
 
 
Esta es nuestra segunda vuelta a Buenos Aires. En esta estadía nos iríamos a la relativa frescura y absoluta calma de las afueras de la ciudad, acercándonos lo más posible a la boca de “El Tigre”, río éste muy popular, dadas las posibilidades de recreación estival que le brinda a los habitantes aledaños. Se puede decir sin miedo a equivocación que El Tigre es, a Buenos Aires, lo que el Macuto de mi infancia a los caraqueños.

En general, todas las zonas residenciales suburbanas de la capital argentina son muy cotizadas, hermosas  y placenteras.

Como su nombre lo indica las “Provincias” de Buenos Aires quedan lo suficientemente alejadas del área capitalina propiamente dicha para brindarle paz a sus habitantes, así como mayor volumen y dimensiones a sus moradas; a la vez que lo suficientemente cercanas para permitirle a sus residentes poder ir y venir al trabajo citadino el mismo día.
 
 
Para vivir en Provincia se requiere – primero que nada –contar con un buen despertador, si la meta es llegarle puntual al jefe en la Capital. La cola de la larguísima Avenida Libertador que te lleva al centro es interminable en horas pico.

De vez en cuando, yo solía acompañar a Daniel en su ruta matutina, aprovechando la congestión vehicular para irle leyendo las noticias por el camino mientras él manejaba. La lectura preferida no era “El Clarín” (famosísimo diario argentino) sino el “Daily Journal”, periódico éste redactado en idioma inglés y más sucintamente. Aclaro que la cola matutina era tal que nos daba –y sobraba–tiempo para leernos la prensa completa antes de llegar a la oficina.

Por lo demás, me complace informar que se vive muy “sabroso” en la Provincia de “Martinez”.
 
 
Aquí se abre el telón y aparecen en el escenario vital Don Lanfranco y Doña Rina Salvucci, pintorescos personajes – inmigrantes italianos –que serían de suma importancia y trascendencia en nuestras vidas, así como sujetos protagonistas de su propia obra, la cual consta por separado en esta antología, en un capítulo que he llamado “Tolentino”. 
 
 
Allí te cuento de las pastas “fatti in casa” de Rina! y de la sonrisa y buen humor perennes de Lanfranco. Pues sí, todos las tardes de la semana, Lanfranco me llegaba con su “gran pana” (expresión poco Erikiana), amigo del alma y electricista de confianza: “Miguel”. Venían a tomarse una o varias copitas de vino mendocino “Santa Ana” (que él mismo traía), mientras me contaban historias de su vida. Aunque a veces “molestaban” (en el sentido de interrumpir), viéndolo retrospectivamente les estoy muy agradecida a tan alegre pareja porque, entre los coloquialismos e intercambios jocosos de los dos, pues, aprendí mucha jerga y costumbres argentinas!
 
 
Lanfranco y su amorosa esposa, Rina, eran vecinos muy queridos, pero lo más importante es que eran los arrendadores de nuestra morada que quedaba dos casas de por medio de la de ellos. Los conocimos a través de la dueña de la inmobiliaria a cargo de alquilárnosla, una solterona “mayorcita”  (pero muy “buenamoza” como se dice en criollo). No me acuerdo de su nombre, pero sí de que era de origen Iraní y más vívidamente la recuerdo por las marcas de su rostro “recién depilado”. En otras palabras, nunca le llegamos a ver la barba, pero sí  al nutrido fantasma de la misma. Nuestra buenamoza árabe viene al caso porque ella fue quien nos dio el dato de “Pizza Cero”, en el barrio de San Isidro, local restaurativo con cuyo solo pavloviano recuerdo se me agua la boca. Desde ese mismo día de la primera visita inmobiliaria, Lanfranco y yo nos caímos bien ipso facto. Y sin más prosopopeya, casi instantáneamente, me hizo la promesa de que, en cuanto hubiera terminado las obras de la casa, seríamos –sin duda– los futuros inquilinos de la misma. Y así fue que tuvimos la suerte privilegiada de haber encontrado (y podido estrenar) una de las tres casas que Lanfranco acababa de terminar de construir para sus tres hijos menores y cuyo propósito era de ir alquilando a “gente responsable” mientras sus chiquillos crecían.
 
 
Visto así, Daniel y yo (y las otras dos familias de inquilinos de sendas casas adyacentes) estábamos aceptando el honor de ser designados “guardianes honorarios” de este patrimonio hereditario.  “Gente responsable”: ¡eso sí se puede decir de nosotros!
 
 
La “herencia” que nos serviría de vivienda consistía en una casa de ladrillos rojos (algo que los constructores ingleses han denominado “bare brickwork”) muy linda, nada ostentosa ni rebuscada, ¡pero nuevecita! Estaba distribuida en tres pisos, con un jardincito trasero y su respectiva “pileta”, como le dicen los argentinos a las piscinas, y que –dicho sea de paso– no son artículos de lujo sino de ¡absoluta necesidad! en el cono sur, por las razones climáticas ya indicadas.

De la casita de Martínez tengo los mejores recuerdos y de anécdotas inmobiliarias guardo una buena lección en mi haber:
 
 
Me encontraba yo una tarde de esas veraniegas, recién instalada en mi casita, sola y asoleándome en mi silla de jardín, cuando de repente escucho un onomatopéyico “Tún-plúm” estrepitoso que me saca de mi provinciano sopor. Abro los ojos para percatarme del horror de los acontecimientos. Me habían caído al lado un par de enormes tejas del techo, con todo el estruendo y el susto que traduce la comprobación acústica de la fórmula Newtoniana de la aceleración. Evidentemente, estas tejas habían sido eufemísticamente “mal instaladas” y me “pelaron” por algo así como 5 centímetros!  Ahí estuvo mi angelito de la guarda otra vez...

A pesar de este incidente, puedo dar fe de que no hubo estadía más placentera en “el exterior” que la de aquella casita de la calle Vieytes en Martinez, provincia de Buenos Aires.  ¡Ni arrendadores más amorosos y consentidores! Más que eso, eran como figuras paternales, amigos del alma! Estaban pendientes de todo detalle de la casa y de nosotros y, en general, tanto Lanfranco y Rina como todos los integrantes de esa inefable familia, nos alegraron cada día de vida con sus cuentos, afabilidad y hospitalidad.
 
 
Lastimosamente, a los pocos años nos tuvimos que despedir de los Salvucci, haciendo la formal re-entrega del honorable bien en custodia. Los adioses se dijeron con lagrimones de parte y parte, dado a que – muy antes de lo previsto – Daniel había logrado ciertos cambios laborales que nos permitieron regresar a Venezuela. Ya había comenzado a correr la última década del siglo pasado. Mi nueva vida de no fumadora, deportista, profesional cotizada y “perfectísima” ama de casa empezaría el mismísimo 1° de enero de 1990.