CAPITULO IV - Mudanza No. 4

 
El Pedregal de la Castellana, 1990
 
 
 
Llegamos a Caracas a un apartamento precioso ubicado en la parte escondida y subestimada de la Castellana, llamada El Pedregal. Calle El Tártago. Bellísimo lujo de “construttore italiano”, con sus pisos de mármol y muchos etceteras de esos que le gustan a los sifrinos.  Lo más impresionante ­­y, simultáneamente, lo que menos le gustaba a Daniel de esa vivienda, era que el edificio estaba inmerso entre otras torres residenciales ostentosas, cuyos alegres y parranderos habitantes le sacaban todo el partido posible a los salones de fiesta de sus respectivos condominios, haciendo a cual mayor alarde de su posición y éxito social con frecuentes celebraciones musicales bailables que duraban toda la noche –¡como debe ser toda buena fiesta a la Venezolana!
 
 
Hay una historia bastante genial de ese apartamento de las Residencias Green Park y es ésta: El edificio contaba con dos apartamentos por piso, con balcones colindantes, separados entre sí por un muro bien grueso. En consecuencia, ni que hicieras el intento “girafesco” de torcerte el “pescuezo” para asomarte, lograbas ver a ninguno de los vecinos –mucho menos los de al lado–, lo que nos permitía a todos el mayor grado de privacidad visual. Y dije visual.
 
 
El apartamento de al lado, lo ocupaba una pareja de ejecutivos en permanente y manifiesta discordia. Él era italiano y de baja estatura: lo suficiente para llamar la atención y grabarse en mi memoria como su principal característica descriptiva. Estaba casado con una “muchacha” suiza-italiana. Si bien de su misma estatura, ella era mucho más joven que él, aunque carecía de la agilidad física y destreza acrobática de su marido, como llegaríamos muy pronto comprobar.
 

Resulta que, para cuando nosotros hicimos nuestra aparición en el escenario del Pedregal, esta pareja ya tenía fama en el vecindario por sus peleas conyugales. Hasta que un día se les pasó la mano de tragicómicos y – luego de la anécdota que estoy punto de contarte– o se mudaron o se divorciaron o ¡se mataron! (no lo sé con exactitud), pero el hecho es que más nunca se les volvió a ver ni se supo de ellos.
 
 
Tras los acostumbrados gritos histéricos que se dieron este buen día de mi relato, retumbó en todo el edificio tremenda tirada de puerta. Con esto parece ser que ella logró su propósito, cual era: el de encerrarse – a salvo y buen resguardo de su consorte– adentro de la morada, dejándolo a él afuera y negándose rotundamente a permitirle la entrada (al menos por esa puerta), pese al dramatismo de su operático suplicar. Acto seguido: suena el timbre de nuestra casa.
 
 
Tal sería la indignación que le causó la suiza que, haciendo caso omiso a las elementales reglas de decoro y auto-control, nuestro Romeo –dejándose llevar por una furia otélica y escarlata, se queda pegado del timbre de nuestra casa, y enardecido – mitad en italiano, mitad en algo que él creería que era español – se pone a narrarnos, ayudado por sus diestramente gesticuladores dígitos, el cuento de cómo (por “error propio”), se le habían quedado sus llaves pegadas de la parte de adentro de la cerradura de su puerta y que le era de vida o muerte tratar de entrar ¡inmediatamente! Con énfasis en ese apremiante adverbio de tiempo.
 
 
Nosotros, por supuesto, estábamos perfectamente conscientes de lo que realmente estaba sucediendo ya que no hay manera de evitar escuchar ese tipo de cosas cuando vives en propiedad horizontal.  “¿Cómo podemos ayudarle?”, preguntamos Daniel y yo, fingiendo inocencia, pero no por ello menos cordialmente... ¿Quién se iba a imaginar que (en cuestión de fracciones de segundos) este diminuto hombrecito nos iba a empujar de lado, correr hasta el balcón e iniciar a treparse desde él hacia suyo? ¡Acuérdense del calibre del muro que nos divide! Obviamente este tipo de desafío no lo hace quien está en sus cabales. La cosa es que ¡lo logró! Yo juraba que se iba a matar, puesto que era un 6° piso y –de no haber logrado darle la vuelta al muro de una sola pisada, se hubiera resbalado y allá abajo, le esperaba la muerte segura, estripado contra el cemento de la cancha de basketball de los vecinos de la planta baja!
 
 
Aparte de que fenotípicamente nuestro protagonista carecía de las cualidades musculares de un atleta o deportista, pues tampoco estaba preparado para la hazaña y ni siquiera nos dejó ayudarlo a improvisar una cuerda o alguna medida de seguridad para lograr esa proeza! ¡Todo lo contrario! El tipo, en flux y con zapatos de vestir (de los que brillan, sin ser de patente ni de plástico), se paró en el pasamanos del balcón, se abrazó del muro, logró solito (y no se sabe cómo sin rasgarse el traje) abrir sus cortas piernas lo suficiente para permitirle poner uno de sus elegantes pies del lado suyo del muro mientras que el otro seguía brillando del nuestro. Con algún poderoso incentivo auto-propulsivo, logró dar el brinco triunfal al otro lado.
 
 
Yo no lo pude ver: ¡nunca me ha gustado el suspenso! Lo único que sé, es que en vista de su elegante atuendo de seda italiana, de haber sucedido la tragedia, su mujer se hubiera ahorrado tener que llevar cambio de ropa a la funeraria.
 
 
Ya habiendo logrado la acrobacia, todos volvimos a respirar, aliviados. Hasta que sonó el grito – entre espanto y shock – de su moglia, que no solo no se lo esperaba, sino que no le causó la menor gracia ver apersonado a su consorte de su lado del ring –y mucho menos tan rápido después de haber logrado su humillante estocada!
 
 
Hasta el sol de hoy, a Daniel y a mí nos dan ataques de risa el rememorar ese episodio,  que – sin siniestro por reportar –pasó a la posteridad con el nombre de “Il Trepattore” !

Bueno, la razón de la mudanza de este anecdótico apartamento, obedece a que el dueño del mismo, de un día para el otro, nos triplicó el alquiler! Lo que no hubiera importado muchote tampoco, puesto que esa renta también iba a cuenta de la empresa, pero según Daniel, el exabrupto era intolerable y no rendirse era una ¡cuestión de honor!

Con esta injuriosa experiencia evictiva, decidimos que ya era hora de ser amos de nuestra propia morada venezolana y que contar con “techo propio” había llegado a ascender al peldaño de honor en nuestra jerarquía de valores inmobiliarios. Así fue que comenzó la respectiva búsqueda de la propiedad inmobiliaria que diera la talla.