COSTIERA AMALFITANA

Este es el reporte (muy subjetivo, como siempre) de las imágenes y vivencias del famoso recorrido de paisajes de aguas y rocas desde la Bahía de Nápoli hasta el “Golfo di Salerno”.

La ruta nos obliga a pasar por pueblitos pintorescos y tan típicamente folklóricos que casi no hace falta describirlos. Es más, perderían su encanto en el intento. Las imágenes siempre dicen más que las palabras y lo que sucede con la Costa de Amalfi es que el paisaje es repetitivo. Cierto que es espectacular, impresionante, excelso y de película, pero se repite y se repite. Cada pueblito nuevo al que nos acercamos se parece al anterior -un grado más, un grado menos de tu preferencia- pero, a fin de cuentas, sigue siendo algo así como diríamos en criollo: “el mismo negro con distinto cachimbo”.

Tipo paisaje Alpino (sin duda, una belleza) pero...”once you’ve seen one alp, you’ve seen them all”; lo cual no le resta belleza ni magnificencia a la cima nevada, solo que no se puede decir de ellas lo mismo dos, tres, cuatro veces sin caer en tautologías y redundancias y fastidiar al lector.

Bueno, voy a tratar de hacer de éste un relato ameno, con la debida advertencia de que no me hago responsable de eventuales bostezos. Insisto en que lo recomendable es hacer acto voluntario de presencia: tomar valientemente el volante (para lo cual se aconseja una previa pasantía por Orvieto, Capri y alguna que otra carretera vertiginosa, barranco o precipicio.... ) o bien, el Plan B: contratarse a “Doménico” que te lleve a dar la ronda amalfitana al son de “Torna a Sorrento”. En todo caso, verás que -después de horas y horas de turismo maravilloso- al final del día no te queda un recuerdo claro y definido de cada lugar, no hay memoria específicamente considerada de los distintos lugares por los que pasaste; es decir, no hay un solo sitio de la costa que resalte de manera extraordinaria en comparación con los demás poblados y localidades de la ronda, pues cada pueblecito es de idéntico encanto y belleza que el que le sigue y que el anterior; es casi como que si carecieran de personalidad, solo que es todo lo contrario. ¿Me explico?

Bueno, sin más preámbulos, vámonos ya, a pasear por la playa!

¿Te conté que hoy es lunes?

Como siempre, la aventura comienza con la largada. Salir de Nápoli por la bendita Via Nuova no solo se puede interpretar como la penitencia que hay que pagar para poder escabullirse de las atracciones agri-dulces, tragi-cómicas y fascinante-repelentes de esa ciudad. Ni tampoco es una mera vía de acceso hacia -y desde- la autopista.  A mi manera de ver, la Via Nuova Marina es también un icono de Nápoli. Es una experiencia plena. Andando a su través, se vivencia el show típico, se delata lo intrínseco y auténtico. La verdadera Nápoli. Uno queda imbuido, inmerso y embriagado en su idiosincracia; y terminas con el respectivo PhD.

Gracias a la Via Nuova, te deleitas reviviendo a Catia: Parece que están de fiesta o protestando por algo! Son cuadra tras cuadra de superbloques, cada uno con millares de prendas brillantes y/o desvaídas –en igual proporción–, aireándose en sus balcones enrejados; deben haberse puesto de acuerdo los vecinos, porque a veces las sabanas guindando del balcón de arriba le tapan la vista completamente al apartamento de abajo! Las fachadas de todos los edificios están desconchándose desde 1974 (algunas desde 1954). Hay desperdicios inimaginables –hasta colchones viejos– sin contar con los innumerables bolsas negras de basura tiradas por la calle, a veces en pilones bien altos, quitándole el puesto de parada a las busetas y autobuses. Estos, a su vez, van emitiendo unas humaradas negras no vistas en Europa desde finales de la guerra fría. Estamos rodeados de buhoneros y ventas ambulantes de todo tipo: no es mentira, hay floristerías y exhibiciones de porrones gigantes tipo terracota al aire libre y por las aceras de la calle; tarantines con estantes de peluches baratos con rostros aterrorizantes y anaqueles improvisados con DVD’s piratas y carátulas desteñidas del año de María Castaña. Todo esto va ocurriendo simultáneamente, por ambos lados de la avenida. Es difícil concentrarse en el manejo. Hay que hacer el esfuerzo porque el zigzagueo de vehículos es permanente y electrizante. Te pone los nervios de punta. Hay orquestas desafinadas de cornetas sonando a la vez. Manoteos que aluden al “cornudismo” y dedos que emulan símbolos fálicos. A todas estas, semáforos de función dudosa que no sabes si ignorar u obedecer: según te indiquen las señas manuales del conductor de atrás.... Ah, sin duda: la experiencia napolitana por tan magna Vía es como compartir una ronda de carritos chocones con los tres chiflados! Se requiere gran fuerza de voluntad y autocontrol para no exclamar “la palabra”, al caer en un huecote, al evitar al taxista energumenizado o al lograr a duras penas clavar los frenos a tiempo para evitar matar al peatón o incrustártele por detrás a Larry, Moe o a Curly! Pero lo más importante es que, habiendo pasado por la Via Nuova la primera vez sin haber ido al baño, jamás se te ocurrirá volver a repetir la experiencia, puesto que, cuando por fin logras avanzar velozmente por los empedrados de la Gran Via Nuova Marina, la vejiga te recuerda lo útil que es tener memoria.

Estando parados ante uno de los semáforos de La Vía, (no tanto por iniciativa propia  sino porque delante nuestro hay un Danés recién llegado a la capital que clavó los frenos a última hora, puesto que aún no está familiarizado con eso de la inocuidad de la luz roja napolitana)......Como te venía diciendo, estando parados ante el semáforo, se nos ofrece un espectáculo nuevo y por lo demás muy divertido. Un método original y eficiente de buhonerismo: Ha nacido una nueva estrella en el “cast” de buhoneros napolitanos. Se abre el telón del escenario. Aparece nuestro protagonista. Jovencito y muy negrito él, por cierto, parece haber salido de la tribu más recóndita del centro de África. Pero no nos dejemos llevar por prejuicios, éste negrito nos va a dar una clase magistral en materia de ventas y distribución al detal.
Hoy lunes, le toca vender cajas de Kleenex, las cuales arroja diestramente de izquierda a derecha, repartiéndolas entre ambas filas de carros con excelente puntería sobre los parabrisas de los automóviles y camiones que esperan el cambio de luz. La repartidera de Kleenex, la va haciendo a toda carrera, para llegar lo más lejos posible del semáforo, cubriendo un mayor número de clientes potenciales. Va a la velocidad del rayo, pues no hay tiempo que perder: en la Via Nuova la vida es como en el Blitz!  En fracciones de segundos, KuntaKinte te zumba una caja de Kleenex en el vidrio del parabrisas. El impacto suena durísimo! Tu te proteges la cara porque da la impresión de que te la hubiera tirado directo en las narices. Esto lo va haciendo Kleenex-Man a 150 por hora. Al ponerse amarillo el semáforo, todos los carros de la cola tienen su propia cajita de tissues posando sobre el vidrio. Al ponerse verde, la decisión ya tiene que estar tomada: conductor que agarra sus Kleenex, los paga, al arrancar; si no; Kunta tiene que retirar el paquete de cada uno en la medida en que le van pasando -full chola- por el lado! Repito, todo esto sucede en fracciones de segundo y con una sonrisa de oreja a oreja (la de Kunta y la de los espectadores);  es increíble la cantidad de gente que le compra y te juro que solo por lo divertido del show valdría la pena volver a pasar!

Cambió la luz. “Green means GO” (de dicho aforismo viene eso del “grin-go”, hablando de los cuales, por cierto, tengo mi respectivo comentario más adelante).

Al arrancar, en verde, se cierra el telón de la Via Nuova Marina.

Entramos a la Autopista y, pocos minutos más tarde, salimos por la “uscita” que nos toca, gracias a Jane que sigue indicando el mejor camino del GPS en su inglés británico, añadiendo así su toque sofisticado al ilustre paseo marino.

Al tomar la primera salida hacia la costa y al apenas empezar el recorrido ribereño, emprendemos un viaje fantástico, donde el espectáculo costero es el más noble de los protagonistas. 

¡La Costa de Amalfi!
Pellízcome y me duele.  Ergo: es cierto: estoy aquí!

Te estoy avisando que, con el recorrido de pueblitos, empieza a ser aburrida la narrativa. Aburrida por repetitiva. Pero privilegiadamente repetitiva, privilegiadamente aburrida!

De verdad, que es un privilegio el recorrido! Por riberas turquesas, playas de arena con sus famosas filas de sillas playeras de lona de rayas y sombrillas multicolores. Playas hoy desoladas como solo pueden estarlo un lunes otoñal por la mañana. En los pueblos solo vislumbramos algunos viejitos asoleándose en los banquitos estratégicamente situados en las aceras. En todo pueblo, en cada pueblo, hay mercaderes y mercaditos en distinto grado de sofisticación, prestos para ofrecerle al turista cualquier cantidad de objetos inútiles (so called “souvenirs”). Africanos y chinos –los buhoneros de Italia– se mezclan con oriundos artesanos de cerámicas, porcelanas y vitrales.  Heladeros, helados y sundaes aparecen anunciados por doquier, como atracción magnética, con efecto hipnótico y resultados pecaminosos... todo va añadiendo al romanticismo de las vistas.

En la medida en que avanza la tarde, se mejora la visibilidad, se evapora la bruma y el presagio de panoramas de fábula empieza a cumplirse en todo su esplendor:
Sorrento. Positano. Amalfi.

Americanos. Muchas decenas de ellos nos acompañan hoy. Los vemos montados en trencitos turísticos, sentados en los cafés, tomando helado.... a juzgar por los sombreritos uniformados que portan todos, pareciera que fueran siempre los mismos -pero no pueden serlo! Aquél grupo de gorditos los dejamos atrás comiendo pizza cuando los pasamos por la playa de Bikini hace una hora, no pueden estar comiendo lo mismo en Sorrento, verdad?

Hablando de comida, hacia Positano y pasando Sorrento, hicimos una parada restaurativa. Como esta mañana no quedaba ni un croissant con crema pastelera en el bufet del desayuno, llegando las 2 de la tarde, vivenciamos en carne propia cómo el hambre y apetito se juntan con las ganas de pecar “a la Sorrentina”.

De resto, no hay mucho que reportar en palabras. Las fotos que tengo hablan por sí solas. Tengo demasiadas. Tuve que hacer una selección para este reporte y me quedé corta. Lo sé.

Ah, pero si casi se me olvidaba lo más importante...

La meta del paseo de hoy: Amalfi. Llegamos al pueblo de Amalfi como a las 5 de la tarde y estacionamos el carro en el estacionamiento público ubicado en la plaza gigante, frente a la bahía. Eso, después de evitar pelearnos con el conductor del BMW de atrás que quería quitarnos el puesto. Pero como ya tengo el PhD en peleas por estacionamiento gracias a Pompeya, hago valer mis derechos sin gesticular ofensivamente. Mi técnica es la de insistir firmemente: yo lo vi primero! Parece que poner cara de perro bravo basta para desalentar a algunos.... 
Así que, habiendo resultado vencedora, cobro mi premio y me estaciono diestramente (como es mi costumbre). Todos descendemos del vehículo con las piernas tiesas y acalambradas. Logramos estirarlas y caminar hasta el muelle. Evitamos hacer contacto visual con el hombre del BMW que, rabo entre piernas, habiendo encontrado otro puesto milagroso para su nave germana, nos viene de frente. Ahora es cuestión de segundos: faltan pocos pasos y pocas tomas fotográficas para lo del incidente memorable en que Daniel –gracias a una pose acrobática de esas imposibles para cualquiera de nosotros– logra inmortalizarnos fotográficamente en la Bahía de Amalfi, fracciones de segundo antes de ceder a la ley de la gravedad, con el consecuente trauma a su rodilla. ¡Pobre Daniel!, desde ese momento confinado al rol de espectador desde su silla de heladería que ­–coincidencial y muy afortunadamente– se encontraba en las cercanías del lugar del siniestro.
 
 

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