Rima en el día nacional del árbol. Humor en el himno al árbol venezolano.

 

 

Una poesía para los árboles, en el día nacional del árbol y su himno: "Al árbol debemos solicito amor, jamás olvidemos que es obra de Dios".
 
Para mi el árbol es fuente infinita de inspiración,
reflexión y admiración. Esta iturrima está dedicada
al roble que fue ese ser especialísimo que me acompañó durante 33 años y a quien aún sigo llamando "papá".
 
 
 
 
AL ÁRBOL DEBEMOS SOLÍCITO AMOR
(JAMÁS OLVIDEMOS QUE ES OBRA DE DIOS)
 
 
Cuando éramos chiquitos, le cantábamos al árbol.
Era un himno que sonaba de lo más aterrador.
Cada estrofa – poco a poco – la íbamos desentonando
y la parte del “solícito” es ¡sin duda la peor!
 
 
Yo no sé si tú te acuerdas que uno ni se preguntaba
¿qué carrizo significa todo ese balbucear?
Palabrotas que cantabas – y el aliento ni alcanzaba –
y a veces  – al no entender – pues, ¡recurrías al tararear!
 
 
Despistada, lo aceptaba como un “Solíz y tu amor
¿Sol videmos?  ¿Queso brade?  ¡Nadie nunca me explicó!
Sin embargo, aún me crispo cuando evoco aquél clamor
con el que, al cantar solíiicito, el gallo se me escapó.
 
 
Hoy quiero rimarle un canto a los árboles de adulto,
pues han sido, para mí, de gran valor sentimental.
Los voy viendo en mis caminos; los venero como un culto,
dan sentido a mis andares, reflejando lo vital.
 
 
Este elogio de iturrima – que tiene un inicio lento –
se me ocurre comenzarlo por su vocal inicial:
una “A” que, al adornarse con un plumazo de acento,
se corona con caricia de un honor gramatical.
 
 
Rima al árbol: ¡que atrevido! Mi homenaje empalagoso,
medio cursi, como siempre con ganas de dirimir.
Y ¡que conste! que le tengo gran alergia a lo tedioso:
solo aspiro a no ponerlos a toditos a dormir.
 
 
Comencemos de inmediato a cantarle a nuestro Roble,
a la Acacia, al Apamate, al Sauce y Araguaney
y los miles que he omitido – que son igualmente nobles –
incluyendo, por supuesto, al ¡muy nostálgico! Copey.
 
 
Cuando al árbol, por descuido, lo privamos de su acento,
sin querer hacemos rima con “perol” y con “Vensol”,
lo que trae una ¡imperdonable! asociación de pensamiento:
¡No es solícito eludir las reglas de nuestro Español!
 
 
Cada vez que hemos querido ilustrarlo con manzanas,
Suspendemos en sus ramas –con inmensa ingenuidad–
un montón de faros rojos: circunferencias ufanas,
 desafiando al propio Newton y su ley de gravedad.
 
 
Me pregunto: ¿Porqué al árbol que da frutos como el mango;
la naranja, la guanábana, aguacate y el limón …
con la jerga de lo criollo lo bajamos de su rango
y de “árbol” pasa a ser como la “mata de mamón”?
 
 
¡Nos fascina ver a un árbol de gala y luminiscencia!
Pues deleita las veladas, dando a la nocturnidad:
luminosa intermitencia y colorida fluorescencia,
 contrastando con aquellos Druidas de la antigüedad.
 
 
 Como inmueble ­– como albergue – es que el árbol ha servido
de botánico, amoroso y filantrópico anfitrión:
Condominio de mil seres y organismos que, en sus nidos,
ha hospedado con gratuita y panorámica visión.
 
 
Traduciendo el viejo adagio de sabiduría hortelana,
 aquél árbol que, crecido, nunca habrás de enderezar…
Si ha quedado deformado ¡es por propia alma gitana!:
resistente, intuitiva y desafiante en el guapear.
 
 
Los refranes populares, nuestros dichos y consejas,
¡con acierto! nos comparan;  y es costumbre el escuchar:
“¡Palo de hombre!” “¡Tronco de hijo!” “¡Bien plantado!” y ¿quién se queja
de metáforas tan buenas de criollísimo adular?
 
 
Cada hijo, ya se sabe, ¡es retoño! en ilusiones.
Hijo ¡es fruto!: es tributo, es alimentar la vida.
¡Nos a-sombra!, que él confirme nuestras propias ambiciones:
genealógica madera, germinada y florecida.
 
 
Cuando es magistral el árbol es cuando pierde follaje.
Con simbolismo mayéutico es el mejor profesor
del platonismo virtuoso y del cristiano mensaje:
¡No es final esa apariencia: es un ciclo alentador!
 
 
La semilla que has sembrado, que has regado y cultivado;
que has cuidado y protegido desde aquella hoja primera;
cuyo tronco – ya curtido – tiene dos nombres grabados:
testimonio de promesas de amor imperecederas…
 
 
Ese árbol – hoy gigante – Everest de aquél pequeño…
El que fue lugar secreto de aventura y refugiar,
cuyas ramas sostuvieron el columpio de sus sueños,
cuya sombra diera fe de cada año de su andar…
 
 
Ese árbol del que hablamos ¡se le tumba en un instante!
Ese árbol lo hemos visto ¡incendiado sin pensar!
Tala y quema: ¡qué insensible! ¡Perniciosa y aberrante!
¡Cuánto daño hace el humano y cuán nefasto es su ignorar!
 
 
Y termino con mis gallos de solfeados recordares.
Es primicia que revelo: hoy, a mis cincuenta y dos:
A ese árbol, pobre objeto de infantil desentonares
Jamás –¡jamás! – olvidemos que el mismo es ¡¡¡“sobra de Dios”!!!

 
iturrima ´10