¡Ave María Purísima!  
Voz de auxilio proverbial que rinde inerme cualquier otra exclamación.
Mas – desafiante – si me atreviera, conjugaría alguna humilde oración, que valdría más por espontánea que por teológica o poética.

                                                       

¡Virgen María! No harían falta más que esos dos vocablos en el mundo, pero…
 
El Tiempo rebota el eco de tus alusiones.
La geografía se luce en narración de advocaciones.
Son miles las iglesias que, en tu nombre, claman las bellas artes del homenaje.
En música nos llegas, angelicales caricias, en cantos del color de la esperanza.
En siluetas, el áurea perfumada por botones de la flor de tu infinita bondad y compasión.
 
Y mientras tanto: ¡lo primordial! nos has envuelto en ternuras de diáfano misticismo, cual incienso entrañable de tu primera memoria.
 
Y allí y en lo íntimo y recóndito de nuestros cristianos corazones, anhelos y añoranzas, te hayas María, destinataria incondicional de nuestra adoración.
 
Inspirada en tu Gracia, en tus alusiones místicas, en tus divinas apariciones, en la devoción de tu cristiana humildad, vienen rezos de iturrima.