Manolo y Elena
 
Una historia de amor en Santander
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Toda escena de amor se delata por sí misma.
 
No hay duda que ella lo ama. ¡¿No ves cómo lo mira?!
Le tiene las manos anidadas entre las suyas; la ternura de su tacto se palpa -aún a distancia- en tules ondulados de algodón de azúcar. Mientras él le habla, ella escucha. Le escucha con la piel y con los ojos. Perdida su mirada en la de ella, a él se le siente fluir por el espacio. Perdidos ambos en la plenitud del instante, se hablan y se escuchan alternadamente, mientras se acarician los dedos; y sus vellos -al rozarse- se gritan, en táctiles murmullos, los secretos que no se ven.
 
¡Qué bella que es ella! No, no es bella; y no, ni siquiera lo es por su sola juventud y lozanía, sino que es bella porque ¡su amor la hace linda! Cuánta gracia al sonreír. Cuánta dulzura hay en esos labios, sin pintar, cuando -al curvearse- crean el regalo de esa sonrisa, símbolo de congenial gratitud por el cuento del momento.
 
¡Qué delicado!
“Que” ¡galicado!
¡Cuán galanteado!
Mientras él le va contando hilos de vocablos, ella se los va celebrando, uno a uno, encendida en el carmín de la pureza de quien ama.
 
¡Fíjate bien!: es traducción simultánea. Como que si ella le estuviera doblando sus palabras en un eco de quien ya las conoce de antemano. ¡Es ventriloquia del alma!
 
Y así se les pasa el tiempo: él hablando palabras y formas; relieves y notas; y ella sonriendo, bailando, pirueteando por las nubes de su exaltación; ambos transportados en ese viaje de espacio y de tiempo que es el amor, en cuyo azul sonrojan ambos, como solo se sonrojan los amantes cuando, tomados de las manos, se rinden en la ausencia del dudar.
 
Ellos son Manolo y Elena. Claro que yo –observadora, curiosa, que no cabe en tan sublime escena-,  no sé sus verdaderos nombres; pero a la vez, al enterarme, es como si siempre lo hubiera sabido. ¡Cómo no iban a llamarse Manolo y Elena, si esas sílabas empalagosas han estado rebotando amorosamente por las paredes durante toda la velada!
 
Y es que Manolo tiene 84 años y Elena no más de unos veinte. ¡Son amigos!, dicen ellos mismos. Hay un orgullo en esa admisión de inocencia que cautiva. Pero en realidad son más que amigos; más que enamorados y mucho más que amantes, pues ¡son almas gemelas!, luceros de afinidad, encendidos por providencial coincidencia con la sola misión de irradiar amor.
 
“Ustedes los poetas…”, -me dice Manolo-, “son quienes cambian al mundo”
 
Y Manolo me cuenta ….
Que es viudo.
Que ha perdido a su compañera de 64 años hace apenas 4.
¿Y Elena…? “¡No, no es mi nieta, ¡es mi amiga! Somos amigos”, me dice y ambos sonríen al unísono.
 
Poco a poco, me voy enterando de que Elena es su compañera de jueves; pizzas de una vez por semana. Se conocen desde hace un año. Desde hace todo un año, juegan juntos en la playa de Santander, “un juego muy divertido donde no hay perdedores”, me anima Manolo.  Él fue quien le enseñó a ella a jugar “pero ella ¡tiene talento!” nos explica Manolo, que es experto en esas cosas, pues Manolo (en sus días de mozo) era ¡deportista! Nos cuenta que ha escalado montañas ¡En Suiza! Ha atravesado a nado la bahía. Y tiene una prima que vive en Venezuela…
 
Pero en el presente, está Elena, que le regala sus jueves. Le llena la vida, en ciclos de siete días. Cada jueves, Elena lo espera (o él la espera, no entendí bien, pero la espera es sinónima) en la playa de Santander, “para paletear pelotas -sin las reglas del tenis de playa”, pero con la seriedad de quien juega ¡por amor!
 
Amor de una vez por semana.
 
Y hoy, como todos los jueves por la noche, Manolo y Elena están comiendo juntos. Nada lujoso, ni pomposo, pues ese tipo de comidas no les hace falta a quienes -aun no siendo adinerados, como ellos-, son ricos en el alimento del espíritu.
 
Qué suerte la mía, pues hoy pude coincidir cósmicamente con ellos en la Pizzería Pinocchio! No hay más comensales, solo nosotros y ellos dos. La velada ha terminado. Ella paga. Insiste en hacerlo. “No, Manolo”, se le oye rezongarlo con dulzura, como una nieta a su abuelo, “ya sabes que esta vez me toca a mí”, le dice, sonriendo, con esa azucarada firmeza de quien se impone con amor.
 
Y es entonces que me acerco a su mesa para agradecerles esa escena de amor con la que ellos me han alimentado a mí durante la cena.
 
¡Hasta la semana que viene!, me despido para siempre de ellos en pensamiento y sin decirlo, me entienden, porque esta noche ¡todos somos poetas!
 
Y mientras Manolo me da un beso de despedida y me regala a mí un piropo de octogenario enamorado, empieza la cuenta regresiva hasta el próximo jueves.
 
El amor es ¡tantas cosas! ¡Tantas veces!