En octubre de ese año, mi amiga Edurne y su esposo, Joseba, nos acompañaron a degustar los vinos de la famosa región de Bordeaux. A continuación, la versión ilustrada a lo iturrima.
 
 
 
El año pasado se fijó el evento,
con lugar y fecha de un áureo encontrar:
El nueve de octubre y en el mero centro
de un pueblo que, en Francia, es de renombrar.
 
 
Después de pasar por un túnel arbóreo
– galería de álamos – ¡arco natural!
Te esperan paisajes de impacto estentóreo:
Castillos, viñedos de una era ancestral.
 
 
Pueblo medieval. ¡Qué cosa impresionante!
Sus calles angostas supuran historias
del Señor Feudal, del Caballero Andante,
de Misión Papal y ¡tanta épica gloria!
 
 
Una linda casa habíamos alquilado.
Desde allí esa torre se iba divisar;
y mi “mamotreto” quedó estacionado
¡gracias a la astucia de mi manejar!
 
 
¡Llegaron los vascos, Edurne y Joseba!
– que se habían perdido ­sin el GPS  –
Lo que deja claro y lo que comprueba
que hasta en el Medioevo ¡es bueno el bicho ese!

Apenas llegaron, nos fuimos de compras
a un supermercado llamado “Carrefour”.
No tengo las fotos – y no fue por tonta –
sino que la cámara ¡es del señor Gmur!

Nos abastecimos con mil provisiones:
francesas delicias del comer gourmet
más el vino tinto, en denominaciones
Grand Cru de Burdeos y ¡no Cabernet!

Una parrillita es ¡cena al aire libre!
Aquella terraza en octubre ¡sirvió!
Vino y vino y vino – del mejor calibre –
Y ¡ni una gotica se desperdició!
 
 
Al amanecer la jornada siguiente
–  tras haber dormido ¡bien pipí cucú! –
Vimos nuestros e-mails, ratoncito ausente,
gracias a la cepa buena del Grand Cru.
 
 
Ya verán abajo al par de consortes
que espera paciente por sus damiselas;
que bajarán pronto, vestidas con porte
de quien quiere un mundo ¡lleno de rochelas!
 
 
Entre tanto: esperan, esperan ¡y esperan!
Fíjense en la orquídea que hay en el décor:
Gesto muy galante del doctor Joseba
para la anfitriona con nombre de flor.
 

Aparece Edurne, muy acomodada.
¡Maja moza, baja! y ¡lista pa´ salir!
Mas – como llovía – bien encapuchadas,
perdimos el chance de un glamour lucir.
 
 
No tengo las fotos de ese restaurante
¡terrible, espantoso! de nuestro almorzar.
Es que, emparamados, está el agravante:
no solo era el único, sino ¡el peor lugar!
 
 
La revancha vino cual dedo al anillo:
esa noche, en casa: ¡un vasco consentir!
Picando cebolla para sus “piquillos”
Edu – que ha llorado – ¡anima el convivir!
 
 
¿¡Qué les cuento, amigas, de esta cocinera!?
¡Si es de rechupete todo lo que hace!
Cocina cantando y riendo ¡la vieran!
Se aprende ¡tan fácil! de alguien con su clase.

Brindamos, bebimos: siempre del buen vino!
¿Total? no hay mea culpas: ¡para eso vinimos!
Comer tan sabroso en buena compañía
es como un ganar – ¡sin jugar! – lotería.
 
 
Amanece el domingo, tilingo francés.
Sale el sol. No hay ratón ¡Vamos rápido, pues!
Mamotreto –  y de a cuatro –  ¿qué tal hoy a Bordeaux?
y a falta de otro plan, nadie dijo que no.
 
 
Esa noche, el brindis sería ¡con champaña!
Derroche de euforia hubo en la cocina.
Edu, a lo “sencillo”, logrando la hazaña:
¡tortilla de papas a la vizcaína!
 
 
Llegó el tercer día de nuestra estadía.
El rumbo fijado fue el de Bergerac,
ese pueblo ¡hermoso!, lleno de poesía,
gracias a Cyrano y a ese otro Cognac.
 
 
Pues, compramos vinos: ¡nos abastecimos!:
en la propia tienda de “Los Bergerac”
 
 
Pero pal almuerzo, creo que “la pusimos”,
¡Vaya pizza mala!, en honor a la verdad!
 
 
Nuestra última tarde fue de recorrido
por ¡soleado y seco! pueblo de Emilión.
Al degustar vinos: fuimos comedidos,
pero nos llevamos, de éste, ¡un montón!
 
 
… Y a la mañana siguiente, tempranito y bien solea´o
partieron para su casa, Mr. and Mrs. Bilbao.
“¡Mar de bien la hemosh pasha´o!”  a lo vasco ella exclamó:
“y hasta dentro de un ratico, en mi casa de Bilbó”
 
 
iturrimandito recuerdos de St. Emilión, octubre ´10